Carta de un corazón roto a uno inerte con seguro de vida anticipado y mil deudas pendientes de saldar
Hoy
O ayer,
No recuerdo para ser sincero,
Decidí escribirte.
A ti,
Si, o no.
Quizá fue a ti,
o a ti,
No lo recuerdo, de nuevo,
Con eso de mi sinceridad continua,
Y mi falta de gana,
Por todo y por nada,
Pero estoy,
Escribiéndote,
Y eso ya es mucho decir.
Te escribo,
Ahora,
O a tiempo,
O fuera, no lo sé.
A ti que estás,
O quizá no estás,
O estabas,
Donde debías estar,
O no debías,
O querías,
O sabías que querías y sentías que debías,
Talvés ni existías.
Pero te escribo.
Miento, costumbre,
Si te digo te recuerdo,
Y es que, bueno,
Si te pienso todo el tiempo,
Como saber si lo que hago,
Es realmente recordarte.
Quizá te imagino,
E imaginarte no es pensarte.
Idealizarte siempre ha sido,
Ya sabes,
Alabarte,
Exaltarte,
Algo así como amarte,
Eterna inalcanzable,
O no, no sé.
Y es que nunca sé,
No sé si eres,
O no eres.
Porque sueño,
Todo el tiempo,
Despierto,
O dormido,
O durmiendo vivo,
O soñando frío,
Ni si quiera sé si sueño realmente,
Porque te palpo, te rozo,
Te siento,
Los poros de tu piel sobre mis dedos,
Y no soy yo,
Ni eres tú,
Ni nosotros,
O talvés,
Nosotros, si,
Si es un nosotros,
O talvés,
Entre mis interminables talvés,
No lo es,
No es así.
Yo sólo soy yo cuando cierro los ojos y te veo,
Y entonces no sé,
En mi ignorancia,
Que vaya se hizo más profunda y más tajante que mi ego,
Si vos estás en mi,
O sos parte de mi.
O sos parte de todo,
Como todos, en todo.
O sos parte de nada,
Y nada soy,
Y no veo nada,
Y ciego estoy,
Pero ¿como estaría ciego si te veo?
Y eso que no veo a cualquiera,
Basta cerrar mis párpados,
Y que la luna venga,
Susurre traviesa,
Y me diga tu nombre para verte.
Yo sólo sé que estás,
A veces como quiero,
Y a veces cuando quiero.
Pero estás.
Y eso ya es mucho,
Para este que te extraña,
Aún cuando estás presente.
Bastaba saber que el grado de su locura hizo interminable el tratamiento, se le brindaba diario una buena dosis de clonazepam sin éxito alguno, sus sueños eran cada vez más extensos, a tal grado que pasaban meses sin que fuera necesario cuidado alguno.
Tras cinco años en el centro, una tarde se vio a sí mismo con alas y emprendió el vuelo, nos dejó una carta a cada uno de nosotros y se fue sin decir a donde.
Siempre nos ha sido difícil llevarnos bien los unos con los otros, tras su partida nadie nos necesitaba, así que tuvimos que aprender a convivir.
Dos años después un niño vino a visitar a algún pariente sin conocer, por suerte a ellos les encantamos, los adultos nos desprecian, nos llaman imaginarios.